No estoy enseñando teoría.
Estoy enseñando un camino que yo misma recorrí.
La niña que aprendió que su valor dependía de lo que lograba
Te voy a contar algo que nunca le contaba a nadie.
De chica era dispersa, inquieta, me costaba concentrarme y terminar las cosas. En mi casa éramos seis hermanos, y mi hermana que me seguía era brillante en todo. Tenía buenas notas, era ordenada, perfeccionista, hábil en lo que se propusiera — lo que se proponía, lo lograba.
En mi casa trataban de mostrarme que así debía ser. Y me comparaban todo el tiempo.
Sentir que nunca era bueno lo que hacía me decepcionaba, me frustraba. Muchas veces me sentí tonta, inútil, poco capaz.
Y decidí empezar a exigirme cada vez más. Si lograba más, si era perfecta, si no fallaba — entonces sí iba a ser suficiente.
Lo tenía todo. Y tenía un gran vacío en el corazón.
Llegué a ser Subgerente de Atracción y Retención del Talento en una multinacional. El cargo soñado. Y sin embargo — recuerdo un día de vacaciones. Me llamaron del trabajo. Y mi pensamiento automático, inmediato, fue:
Ahí estaba yo, de vacaciones, y en lugar de disfrutar mi mente ya estaba en modo catástrofe. Me costaba desconectarme. Y en ese momento me pregunté: ¿Para qué estoy viviendo así?
Lo que descubrí que nadie me había enseñado
En 2015 hice un diplomado en liderazgo y coaching, después me certifiqué como coach. Y en ese proceso me di cuenta de algo que nunca había visto: era tremendamente complaciente. No pedía. No me priorizaba. No ponía límites.
Lo llamaba "ser flexible." Pero en realidad era miedo. Y eso me lo había cargado desde niña.
Cómo soy hoy
Hoy me doy tiempos para mí. Me cuido. Me priorizo. Soy capaz de pedir ayuda cuando lo necesito. Aprendí que no puedo agradar a todos — y que lo importante es ser coherente y auténtica conmigo misma.